CONTRA LA VIOLENCIA DE GÉNERO 016
AGAINST THE VIOLENCE OF GENRE 016

NO TE LO PREGUNTES, HAZLO ¡ YA !
DON'T ASK IT, DO IT: ALREADY!

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116111 y al 900202010

IT HELPS THE CHILD AND THE TEENAGER
116111 and 900202010

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viernes, 11 de septiembre de 2009

Jugando con el destino. (Segunda parte y final)

Pasé la mayor parte del tiempo transcurrido desde aquella noche, la noche que marcó en muchos sentidos mi vida, ocupada en el cambio que tomó el rumbo de mi carrera. Ahora en lugar de estar ejecutando lo aprendido estaría investigando para que otros lo hicieran.
Mi "Cum Laude" me facilitó una plaza en el Dpto. de Investigación de la Complutense, lo cual me daba para vivir holgadamente y poder sacar adelante a mi Angie, sí mi hija, resultado de aquella noche, aquella noche que marcó mi vida.
Decir que no le busqué, que no le llamé y que guardé la nota que al día siguiente me encontré junto a la almohada, no cabe duda. En ella se daba a conocer la realidad, la mayor estupidez que mi pensamiento me dejó cometer. En ella decía:
“No puedo decir cuánto lo siento, discúlpame, y no me disculpo por esta noche que me dio mucho más de lo que en mi vida creí, si no por lo que tu mente provoca en mí. No te mereces esto, otra vez lo siento, perdóname si puedes. Roberto"
Recordé esa noche cuando su mirada me taladraba y me empujaban sus brazos hasta la improvisada pista de baile. Yo embriagada de música y de algunas copas de más que tomé, me sentía transportada por un mundo de sensaciones y me dejé llevar.
Tanto que, en lo que me parecieron unos segundos, me encontraba en mi habitación de la residencia del Campus. Su mirada de deseo, sus caricias, todo me llegaba lejano pero a la vez tan cerca. Me tomó con furia y desesperación y cuando su ser reaccionó a la poca experiencia del mío, su abrazo, su furia desapareció tornándose en suplica y, quise sentir, en amor. Sus ojos pedían perdón, su cuerpo reverenciaba al mío con pasión.
Me obligué a echar atrás los recuerdos y me fije en mi compañero Francisco que me decía todo ilusionado.
-¡Julia, Julia, lo conseguimos, es nuestro ya!, nuestro. Se refería a la Beca que el Dpto. de Investigación del Instituto Pasteur nos concedió al equipo de la Universidad por los logros y avances en estudios genéticos.
-Salimos pasado mañana a recoger el premio. Vamos todos, no te pongas en guardia ¿eh? pues no eres sustituible, me dijo sabiendo que mis ansias de notoriedad eran nulas. La verdad que sobre eso no pude argumentar nada ya que mi posición de directora del departamento me obligaba a ir.
Preparé la maleta y dejé a Angie con mi hermana, no me gustó, pues estaba un poquito resfriada y no me apetecía separarla de mí; aún así fuimos a recoger el merecido premio.
Allí le vi, mis ojos no daban crédito, ¿cuánto tiempo había transcurrido?, me preguntaba mientras todos se saludaban.
Y llegó el momento: -Hola Julia, ¿cómo estás?, me dijo como si de ayer se tratara, aunque ya veo que mejor que nunca, ¡enhorabuena!
Enseguida nos llamaron para tomar nuestros puestos y sólo pude asentir y dar las gracias lo más fríamente que pude.
Francisco me explicaba en el vino de honor que tuvo lugar después de la entrega, que Roberto Ibáñez era el Dtor. del Dpto. de Investivación del Instituto Pasteur, gran eminencia dentro del campo de la investigación, pero eso ya todos lo sabíamos, de lo que yo no era conocedora era que él era quién dirigía el departamento. Así mismo halagó sobradamente la mente tan prodigiosa que tenía en mí la Universidad.
Tanto elogio me chocó ya que nuestros "cerebritos", como nos llamaban en la Complu, estaban en pugna en aquellos años de preparación. Pero también fue impactante saber que estuvo al tanto de mí, de mi trayectoria y que sabía el giro que dio mi frustrada vocación de cirujano.
Mientras charlábamos de todo y nada mi móvil vibró.
-¡Julia!, la voz de mi hermana al otro lado me sobresaltó y pregunté nerviosa:
-¿Ángela, le pasa algo a Angie? y en un lapso continué, salgo inmediatamente para España.
Francisco le estaría poniendo al corriente de quién era Angie, pues cuando colgué le tenía a mi lado diciéndome:
-No te preocupes, los niños son unas extraordinarias máquinas de recuperación, pero no obstante ¡vamos! te llevo. Quise empezar a decir algo pero levantó su mano concluyendo:
-El Intituto tiene avión privado y lo tomaremos ahora!, todo estará dispuesto mientras llegamos a Orly.
La verdad que no me importaba nada ni nadie más que Angie y que él o el Pasteur me acercarán a mi hija me daba igual, mi prioridad era Madrid y ¡ya!
En el coche fuimos callados como sentenciando lo que me esperaba en el avión, me repetí a mí misma que nada importaba ya, que debía olvidarme del pasado y pensar sólo en Angie y en el desarrollo de mi otra pasión, mi carrera.
Ya encerrados en el avión me preguntó:
-Bien, no estás casada, lo sé, pero no te hacía con una hija, aunque la verdad es que no me sorprende, tú y esa mente tuya funcionáis así, ¿qué edad tiene, esto ... era Angie, no?
-Sí, no lo estoy, en cuanto a tu primera pregunta sí, supongo que siempre fui muy independiente, en cuanto a mi hija, he hice mucho énfasis en "mi", tiene.... me paré antes de soltar lo que sabía sería un gran descubrimiento para él, tiene 7 años. Pude casi oír cómo sonaba el clic que se produjo en su mente al conexionar el tiempo con aquella noche.
El se me quedó mirando fijamente, dudas, amor, desilusión, tantas sensaciones nadaban en sus ojos. Y fui salvada por la voz del comandante que nos advertía de la llegada a Barajas en unos minutos.
-Tranquila Julia, ya llegamos, no te preocupes un coche nos espera.
-Gracias, es cuanto pude decir. Todo era un caos de nervios en mi interior, Angie nunca había estado malita y esa sensación sumada al estar lejos me ponía frenética.
-Sí, supongo que es mi instinto maternal y no la lógica lo que me lleva a este estado, disculpa le dije.
-No tienes de que disculparte, bajemos, dame la dirección y pronto en casa. Me sonreía quizás para tranquilizarme, y la verdad es que lo consiguió.
Cuando llegué al portal pulse el botón del ascensor y al ver que estaba ocupado corrí hacia las escaleras y subí.
-¿Qué piso?, oí que me decía.
-El 2º C, dije sin demorar mi llegada a la casa.
Abrí la puerta y allí estaba Ángela con Angie en sus brazos.
-¡Oh Angie, mi Angie!, mami ya está aquí. Le decía mientras mi hermana se ponía un dedo en los labios como para callarme, pero fue tarde Angie me oyó y enseguida se tiró a mis brazos.
-Mami, mami que bueno que ya estás en casita, te extrañé mucho. Oye, mami ¿quién es ese Sr. de la puerta?
Y entonces caí en la cuenta de que ni cerré, ni lo esperé. Miré a mi hija y dije:
-Es del trabajo, ya sabes la reunión de mami. Ella se apartó no sin que antes mis labios comprobaran la temperatura de su frente, ahora menor por los antitérmicos recibidos, y miró abiertamente hacia la puerta.
Al igual que con la fecha, sus ojos se abrieron con gran sorpresa al ver el fiel retrato que era Angie de él, salvo en su mirada y el color de sus ojos que eran totalmente míos, no podía dudarse del autor de sus días.
Angie corrió hacia él y le abrazó:
-¡Hola!, ¿cómo te llamas?, si eres amigo de mi mami entonces también lo serás mío, ¿verdad?
Roberto no pudo por más que reírse y con suma ternura la levantó en sus brazos y, al igual que yo, sus labios rozaron su frente comprobando su temperatura y dijo:
-Roberto, me llamo Roberto, y tú eres la famosa Angie, me alegro de ya no estés tan malita.
Yo me distraje un momento viendo la escena, una de un padre amoroso y tierno con su hija, y no aguantando por más tiempo las sensaciones que me embargaban me apresuré a decir.
-Bien Angie, ahora a cenar y a la cama que mami viene en seguida, despídete de Roberto, cariño.
Nos fuimos dejando atrás a Ángela toda nerviosa y con muchas preguntas en su ojos.
Llegamos al coche sumidos en el silencio y tan sólo nuestras miradas eran capaces de hablar lo que nuestros labios silenciaban. Cuando el me preguntó:
-¿Me acompañas a dejar el coche y tomar las llaves de la habitación del hotel?
-Claro, por favor, no faltaría más.
Ya en el hotel cogió las llaves y volviéndose dijo:
-Tenemos que hablar Julia y tiene que ser ahora, subamos a la suite para que podamos hablar en privado.
-De acuerdo Roberto, le contesté.
Ya en ella tan solo divisé una salita, que daría paso al resto de la habitación. Soltó la maleta y se volvió diciendo, preguntando, reclamando.
-Bueno, bueno, ¿cuándo pensabas decírmelo, por qué no me lo hiciste saber, por qué no me llamaste Julia, por qué? y en sus ojos había desesperación, pena y dolor. Si me hubieras llamado, estuve esperando tanto tiempo esa llamada, todo habría cambiado, tú, tú sabes que yo, yo te quería ¿verdad que lo sabías? Que aún te quiero, ¡Oh! perdóname, perdóname qué tonto, qué idiota, me bofetearía a mí mismo por no haber intentado… por entender que cabría la posibilidad. ¿Pero cómo has sido capaz de no dejarme saber que era padre, cómo, tanto te herí?.
Se repetía tantas cosas, hablaba muy deprisa y daba vueltas por la salita hasta que se paró enfrente de mi tomándome entre sus brazos mirándome fijamente a los ojos, pidiendo permiso, pidiéndome perdón dejó un beso en mis labios. Yo no supe en que momento mis ojos comenzaron a derramar lágrimas, tan solo supe que él las secó y aún con ellas en sus labios me volvió a besar, pero esta vez con pasión contenida, con amor, con dolor y yo respondí a ese beso con la misma intensidad que si en ello me fuera la vida, una larga vida sin él.
Mi mente, nuestras mentes ahora no luchaban por sobresalir por ser una más que la otra ahora encontraron el nexo de unión de nuestra historia de amor y odio, sabiendo que entre estos sentimientos tan solo hay un paso, el de la razón, razón de saber que ese sentir, esa sensación de ser uno se liberó al fin.
Y cuando separó su rostro del mío sonrió con dulzura, con un amor que nunca reconocí en él y susurrándome al oído me dijo:
-Sí, Julia, sí, sabremos ahora ser no sólo dos si no tres, como siempre tuvo que suceder. Cuan necios fuimos que no supimos ver que jugar con nuestro destino nunca, nunca debió ser.