CONTRA LA VIOLENCIA DE GÉNERO 016
AGAINST THE VIOLENCE OF GENRE 016

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viernes, 14 de mayo de 2010

EN TUS MANOS. 12º Capítulo. Emilia

Después de echar la última capa de tierra que cubría el féretro de mi hermana me di la vuelta sin querer mirar hacia atrás, allí quedaban mis recuerdos, mis añoranzas y las ganas de volverla a encontrar. Jorge me acompañó en todo momento, fue mi apoyo y también mi remanso de paz.
Pero todo se volvía contra mí, mis manos yacían vacías, mi ser entumecido por el dolor se aletargaba.
Miré sin ver, mi mente se cerraba y cogida del brazo de Jorge emprendimos el camino que me llevaría a ese caos en el que se convertía mi vida.
Pasó una semana en la que vivía para mi trabajo y mis niños del orfanato, me refugiaba en ellos para que mi dolor no fuera tan candente.
Una mañana vino Jorge al trabajo.
- Hola amor, venía a almorzar contigo. Me decía con una sonrisa en los labios.
- Sí, espera unos minutos que mando este correo y salimos.
Ya en el restaurante, sentados frente a frente.
- Rebeca tienes que salir ya de esta espiral en la que te has metido, quiero que vuelvas a reír. Esta noche quiero presentarte a alguien, estamos invitados a cenar en casa de mi abuela paterna Emilia.
- Bien Jorge iremos, como tú quieras. Le dije sin mucha convicción pues la verdad que últimamente nada me atraía.
Hablamos del trabajo, de mis niños, de la cena y me dejó en el despacho.
Tuve una tarde muy liada, acabé mi trabajo y salí para casa, sobre las ocho de la tarde estaba arreglándome cuando oí la puerta.
- Hola amor, ¿ya estás aquí? Preguntaba Jorge desde el salón.
- Sí, estoy aquí en la habitación.
Entró y se quedó mirándome con esa expresión que yo conocía también en sus ojos.
Desde la muerte de mi hermana prácticamente no teníamos relaciones, simplemente él me daba tiempo, lo cual le agradecía pues no me sentía preparada para sentir nada, para darme a nadie.
Se acercó y sin dejar de mirarme su voz me envolvía.
- Estás preciosa Rebeca, sabes cuánto te extraño, sabes lo que es estar cerca de ti y sentirte tan lejos, no puedes imaginar lo que te deseo amor.
Y tomándome entre sus brazos me besó, no sé que sentí en ese momento pero lo que mi mente negaba mi cuerpo lo afirmaba. Desperté a sus besos, a su roce, a su amor embriagador y envolvente. Me dejé llevar por todo lo que mi cuerpo sentía y necesitaba, le necesitaba a él.
Y nos entregamos a esa pasión desbordante, a ese deseo de nuestros cuerpos, a este amor que nos consumía. Y fuimos uno, como siempre me entregué en cuerpo y alma a este ser que me demostraba a cada minuto que era mío.
Eran ya las nueve de la noche cuando le dije.
- Cariño debemos de irnos ya, o quedaremos fatal con tu abuela.
- Ahh mi abuela, ¡por Dios! me olvidaba de ella.
Miró su reloj y luego me sonrió.
- Uff aún hay tiempo, quedé a las diez. Y se levantó no sin antes darme un apasionado beso diciendo en mis labios.
- Bienvenida amor, así te quiero mi Rebeca, así eres tú. No vuelvas a alejarte de mí, no me cierres la puerta de tu corazón, no me dejes fuera amor, nunca.
Ante sus palabras una lágrima surcó mi mejilla, esa que no derramé ni en el cementerio. Me di cuenta de que no podía seguir apartándole de mi vida, que era egoísta por mi parte dejarle al margen. Me levanté y fui al baño para arreglarme, para volver a vestirme y salir a conocer a Emilia.
Llegamos puntuales y perfectamente vestidos para la ocasión, cuando nos abrió la puerta de su casa una mujer de unos 90 años, su cara surcada por las marcas del tiempo, de la vida, su cabello cano y ondulado, sus manos alargadas y aquellos dedos deformados por alguna enfermedad ósea. Aún se vislumbraba su aspecto regio, su cuerpo se negaba a dejarse vencer por el irremediable paso de la edad.
Con una mirada dulce y una sonrisa que era la misma de Jorge, nos dijo.
- Pasad, pasad, tú debes de ser Rebeca, ahh cuantas ganas tenía de conocerte querida. Y dándome un beso me abrazó fuertemente, en ese momento me sentí en casa.
- Hola abuela, ¿cómo estás? Jorge besaba a Emilia con gran ternura, esa que nunca había cerca de sus padres.
- Hola Sra. Emilia, encantada de conocerla.
- Por favor nena llámame Emilia o abuela ¿sí?
Cenamos en un ambiente perfecto, con una charla distendida y alegre, con una fraternidad que nunca sentí.
A los postres ya era de la familia, Emilia me hacía sentir así. Era indiscutible de quién había adquirido Jorge lo que me atraía de él, ese amor que nadie conocía salvo yo, ahora lo sabía.
Cuando ya nos despedíamos se acercó y me dijo al oído.
- No permitas que te tumben, no dejes de alejarlo de este mundo que lo atrapa y ahoga, contigo es mi nieto, ese que yo crié. No dudes, siempre estaré aquí para ti, no le huyas Rebeca déjale entrar en tu vida y seréis felices.
Me quedé parada ante sus palabras y supe que había mucho más detrás de ellas, supe que volvería hablar con aquella mujer que hoy me daba la mano con el único propósito de ayudarme, de dar sin esperar nada a cambio.
Nos despedimos y ya en el coche Jorge me miraba con aquella otra mirada, con la ternura de aquellos otros ojos, de aquella abuela llamada Emilia.